Project Management

José González, Ecuador

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Mi blog es un espacio donde podremos compartir información de Dirección de Proyectos en Español, buscando como unificar criterios y desarrollar habilidades para la Dirección de Proyectos, personalizado al público habla hispana. My blog is a space where we can share Project Management information in Spanish, looking for how to unify criteria and develop skills for Project Management, personalized to the Spanish speaking public.

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Agile, Artificial Intelligence, Benefits Realization, Business Intelligence, Certification, Construction, Consulting, Cost Management, COSTO, Decision Making, Director de Proyecto, Director de Proyectos, Diversity, Education, Energy and Utilities, Estimating, Estrategias, Ethics, Gestión, Governance, Government, IA, Innovation, Integration Management, Leadership, Legal Project Management, Management, management, New Practitioners, Organizational Culture, Organizational Project Management, PMO, PMO, PMO, PMO, Portfolio Management, Program Management, project culture, project management, project manager, recursos, Resource Management, RIESGO, salary, Scope Management, Scrum, SOFT SKILL, Strategy, Sustainability, Talent Management, Teams, trends, Utility, Virtual Project Management

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La corrupción del alcance: silenciosa, frecuente y peligrosa. - The corruption of scope: silent, frequent, and dangerous.

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En Ecuador, la mayoría de los proyectos no fracasan de forma abrupta. No colapsan por un evento catastrófico ni por una mala decisión evidente. Fallan de forma progresiva, casi imperceptible, mediante pequeños cambios que nadie cuestiona, decisiones que no se formalizan y ajustes que parecen inofensivos. Este fenómeno tiene nombre, aunque pocas organizaciones lo enfrentan con la seriedad que merece: la corrupción del alcance.

Los datos son claros. Según el análisis nacional de la gestión de proyectos, más del 66% de los proyectos en Ecuador experimentan corrupción del alcance, con una frecuencia que va de “algunas veces” a “casi siempre”. Esto no es un problema aislado ni excepcional; es estructural. Forma parte del sistema de gestión de proyectos del país.

Y lo más preocupante no es su frecuencia, sino su normalización.

Al analizar el comportamiento de los proyectos en Ecuador, se observan patrones consistentes. Solo el 31% de los proyectos cuenta con recursos completamente asignados, mientras que el 65,5% opera con asignaciones parciales. Esto implica que los equipos trabajan con limitaciones estructurales desde el inicio. A esto se suma que el 41,4% de los presupuestos está en manos de gerentes funcionales, no del director del proyecto, lo que reduce significativamente su capacidad de control.

Este contexto genera un terreno fértil para la corrupción del alcance. Cuando el director del proyecto no tiene autoridad plena, cuando los recursos son limitados y cuando los objetivos cambian constantemente, como lo evidencia el 17,2% de cambios de prioridades y el 12,1% de problemas en la definición de requisitos, el alcance deja de ser una línea base y se convierte en una variable negociable.

En la práctica, esto se traduce en decisiones como:
“Agreguemos esto rápido”,
“No cambiemos el contrato, solo ajustemos internamente”,
“El cliente lo pidió, luego vemos el impacto”.

Sin embargo, este fenómeno ocurre en un momento particularmente interesante para el país. Ecuador está viviendo lo que podría denominarse una segunda ola de profesionalización en la gestión de proyectos.

Los signos son evidentes:
  • Mayor demanda empresarial de resultados estructurados.
  • Crecimiento progresivo del PMO, aunque aún el 65,5% de las empresas no cuenta con una .
  • Interés creciente en inteligencia artificial aplicada a proyectos, con más del 40% reconociendo su relevancia en tecnologías como el machine learning y el NLP .
  • Ingreso acelerado de talento joven, en el que cerca del 46% tiene menos de 5 años de experiencia.
Este escenario genera una paradoja: mientras el entorno demanda mayor rigor, los sistemas internos aún operan con una baja madurez estructural.

Y es en esa brecha donde la corrupción del alcance se vuelve crítica.

Más allá de la teoría, desde la experiencia práctica, el problema no es metodológico. No se trata de si el enfoque es ágil, predictivo o híbrido. De hecho, el país muestra una fuerte inclinación por enfoques predictivos, con una menor adopción de prácticas ágiles maduras.

El problema es de diseño organizacional y de liderazgo.

Las causas más frecuentes se pueden agrupar en cuatro dimensiones:
1. Gobernanza débil
No existen mecanismos formales de control de cambios o, si los hay, no se respetan.
2. Ambigüedad en roles
El director del proyecto no tiene autoridad suficiente para rechazar cambios ni exigir formalidad.
3. Cultura organizacional reactiva
Se prioriza la satisfacción inmediata del stakeholder por encima de la sostenibilidad del proyecto.
4. Déficit en gestión de requisitos
El 12,1% de los fracasos se origina en una mala definición inicial , lo que abre la puerta a cambios constantes.

Controlar el alcance no es técnico… es político

Uno de los errores más comunes es abordar la corrupción del alcance como un problema técnico. No lo es. Es un problema de poder, influencia y negociación.

En muchos proyectos en Ecuador, el director no tiene autoridad jerárquica directa sobre todos los actores. Por lo tanto, su capacidad de control depende de su liderazgo informal.

Más allá del diagnóstico, el control del alcance requiere disciplina operativa. Algunas prácticas concretas que pueden implementarse de inmediato son:

  • Comité de control de cambios (CCB) con decisiones registradas y trazabilidad.
  • Matriz de impacto de cambios (alcance-tiempo-costo-riesgo) obligatoria para cada solicitud.
  • Contrato psicológico con stakeholders: definir desde el inicio qué implica un cambio.
  • Backlog priorizado (incluso en proyectos predictivos) para gestionar solicitudes fuera del alcance.
  • Indicador de “salud del alcance” como KPI del proyecto.
Estas herramientas no requieren tecnología avanzada. Requieren disciplina.

La corrupción del alcance no solo afecta los cronogramas, sino también los presupuestos. Afecta el valor final del proyecto. Un proyecto que cambia constantemente sin control deja de responder a una estrategia y se convierte en una suma de decisiones aisladas.

El director de proyectos del futuro no será quien mejor planifique. Será quien mejor influya, negocie y proteja el valor del proyecto.

Porque en un entorno donde todo cambia, liderar el alcance es liderar la estrategia.

Fuente: basado en el Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2 y en su contraste con el Volumen 1. Puedes revisar ambos informes aquí: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

Sobre la Autor
PhD(c) José Luis González Rugel. | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI - RMP®, PMI - ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM® | Asesor, docente, investigador en dirección de proyectos.
Contacto profesional: [email protected]
Red Social: https://www.linkedin.com/in/josegonzalezproyectos/

English Version

In Ecuador, most projects do not fail abruptly. They do not collapse due to a catastrophic event or an obviously poor decision. Instead, they fail progressively, almost imperceptibly, through small changes that go unquestioned, decisions that are never formalized, and adjustments that seem harmless. This phenomenon has a name, although few organizations address it with the seriousness it deserves: scope corruption.

The data is clear. According to the national analysis of project management, more than 66% of projects in Ecuador experience scope corruption, with a frequency ranging from “sometimes” to “almost always.” This is not an isolated or exceptional issue; it is structural. It is embedded within the country’s project management system.

And the most concerning aspect is not its frequency, but its normalization.

When analyzing project behavior in Ecuador, consistent patterns emerge. Only 31% of projects have fully allocated resources, while 65.5% operate with partial allocations. This means teams are working under structural constraints from the outset. In addition, 41.4% of project budgets are controlled by functional managers rather than the project manager, significantly limiting the project manager's ability to maintain control.

This context creates fertile ground for scope corruption. When the project manager lacks full authority, when resources are constrained, and when objectives constantly shift—as evidenced by 17.2% of priority changes and 12.1% of requirements definition deficiencies—scope ceases to be a baseline and becomes a negotiable variable.

In practice, this translates into decisions such as:
“Let’s just add this quickly,”
“Let’s not change the contract; we’ll adjust internally.”
“The client asked for it; we’ll deal with the impact later.”

However, this phenomenon is occurring at a particularly interesting moment for the country. Ecuador is experiencing what could be described as a second wave of professionalization in project management.

The signs are evident:
• Increased business demand for structured results.
• Progressive growth of PMOs, although 65.5% of companies still lack one.
• Rising interest in artificial intelligence applied to projects, with over 40% recognizing its relevance in technologies such as machine learning and NLP.
• Rapid entry of young talent into the market, with nearly 46% having less than five years of experience.

This scenario creates a paradox: while the environment demands greater rigor, internal systems still operate with low structural maturity.

And it is within this gap that scope corruption becomes critical.

Beyond theory, and from practical experience, the problem is not methodological. It is not about whether the approach is agile, predictive, or hybrid. In fact, the country shows a strong inclination toward predictive approaches, with limited adoption of mature agile practices.

The problem lies in organizational design and leadership.

The most frequent causes can be grouped into four dimensions:
1. Weak governance
There are no formal change control mechanisms—or if they exist, they are not enforced.
2. Role ambiguity
The project manager lacks sufficient authority to reject changes or demand formal processes.
3. Reactive organizational culture
Immediate stakeholder satisfaction is prioritized over long-term project sustainability.
4. Deficient requirements management
12.1% of project failures originate from poor initial definition, opening the door to constant changes.

Controlling Scope Is Not Technical… It Is Political

One of the most common mistakes is treating scope corruption as a technical problem. It is not. It is a matter of power, influence, and negotiation.

In many projects in Ecuador, the project manager does not have direct hierarchical authority over all stakeholders. Therefore, their ability to control depends on informal leadership.

Beyond diagnosis, controlling scope requires operational discipline. Some concrete practices that can be implemented immediately include:

• A Change Control Board (CCB) with documented decisions and full traceability.
• A mandatory change impact matrix (scope–time–cost–risk) for every request.
• A psychological contract with stakeholders: clearly defining from the outset what a change implies.
• A prioritized backlog (even in predictive projects) to manage out-of-scope requests.
• A “scope health” indicator as a project KPI.

These tools do not require advanced technology. They require discipline.

Scope corruption does not only affect schedules or budgets—it affects the final value of the project. A project that continuously changes without control stops responding to a strategy and becomes a collection of isolated decisions.

The project manager of the future will not be the one who plans best. It will be the one who influences, negotiates, and protects project value most effectively.

Because in an environment where everything changes, managing scope is managing strategy.

Source: Based on the Analysis of Project Management in Ecuador – Volume 2, and its comparison with Volume 1. You can review both reports here: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

About the Author
PhD(c) José Luis González Rugel | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI-RMP®, PMI-ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM®. Advisor, professor, and researcher in project management
Professional contact: [email protected]
LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/josegonzalezproyectos/
Posted on: May 02, 2026 07:04 PM | Permalink | Comments (0)

Ágil, híbrido o predictivo: ¿Qué funciona realmente en Ecuador y en LATAM? - Agile, hybrid, or predictive: What really works in Ecuador and Latin America?

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En la última década, la conversación global sobre la dirección de proyectos ha estado dominada por una pregunta aparentemente simple: ¿qué enfoque es mejor? ¿Ágil, híbrido o predictivo? Sin embargo, cuando trasladamos esta discusión al contexto ecuatoriano, la respuesta deja de ser teórica y se convierte en una realidad mucho más compleja, marcada por limitaciones estructurales, cultura organizacional y niveles de madurez aún en evolución.

El análisis de la gestión de proyectos en Ecuador, en sus versiones de 2024 y 2025, revela una verdad incómoda pero necesaria: en el país no existe un enfoque dominante por convicción estratégica, sino por inercia organizacional. Y eso cambia por completo la conversación.

Según el estudio, las prácticas predictivas continúan siendo las más utilizadas en las organizaciones ecuatorianas, posicionándose como el segundo enfoque más frecuente después de la medición del desempeño. En contraste, las prácticas ágiles, aunque presentes en el discurso, ocupan posiciones intermedias o bajas en la frecuencia real de uso, mientras que enfoques más avanzados, como SAFe, DevOps o incluso Kanban, registran una adopción marginal.

Esto desmonta uno de los mitos más extendidos en la región: “Ágil sirve para todo”. La evidencia demuestra lo contrario. En Ecuador, lo ágil no ha fracasado; simplemente no ha sido implementado en contextos donde realmente genere valor.

La razón es clara: la mayoría de las organizaciones aún operan bajo estructuras funcionales, con baja autoridad del director de proyectos (solo el 29,3% reporta alta autoridad) y asignaciones de recursos mayoritariamente parciales (65,5%). En este contexto, pretender implementar marcos ágiles puros no solo es inviable, sino también contraproducente.

Aquí es donde emerge el enfoque híbrido como una necesidad, no como una moda. Pero incluso el híbrido en Ecuador enfrenta un problema crítico: no está diseñado, está improvisado.

Muchas organizaciones combinan prácticas ágiles y predictivas sin una arquitectura clara: sprints con aprobaciones rígidas, ceremonias ágiles con reportes pesados, iteraciones dentro de cronogramas inflexibles. El resultado no es agilidad, sino complejidad operativa.

El verdadero reto no es elegir entre ágil, híbrido o predictivo. Es entender cuándo usar cada uno.
Desde la práctica, se pueden identificar tres escenarios claros en el contexto ecuatoriano:
Los proyectos de alta certeza, como infraestructura, cumplimiento regulatorio o implementaciones tradicionales, siguen beneficiándose de enfoques predictivos, en los que la planificación detallada reduce riesgos en entornos con baja tolerancia al cambio.

Los proyectos de innovación o tecnología, en los que existe alta incertidumbre, requieren enfoques ágiles, pero solo si la organización tiene la madurez cultural para sostenerlos.

Y finalmente, la gran mayoría de los proyectos en Ecuador, que combinan incertidumbre con restricciones organizacionales, requieren un enfoque híbrido bien diseñado, en el que se defina explícitamente qué se gestiona de forma predictiva y qué se adapta de manera ágil.

Aunque más del 70% de los proyectos cumplen sus objetivos, solo una minoría lo hace de forma consistente en términos de tiempo y presupuesto, lo que evidencia una brecha entre la ejecución y el control.

Entonces, ¿qué funciona realmente en Ecuador y quizás también en varios países de LATAM?
Funciona lo que se adapta al contexto.

  • El enfoque predictivo funciona cuando hay certeza y estructura.
  • Funciona lo ágil cuando hay cultura y autonomía.
  • Pero sobre todo, funciona el híbrido cuando está diseñado estratégicamente y liderado con influencia.
El futuro de la dirección de proyectos no se definirá por la metodología que elijamos, sino por la forma en que decidamos liderarla.

English Version

Over the past decade, the global conversation around project management has been dominated by a seemingly simple question: which approach is better—Agile, hybrid, or predictive? However, when we bring this discussion into the Ecuadorian context, the answer shifts from theory to a far more complex reality shaped by structural limitations, organizational culture, and evolving levels of maturity.

The analysis of project management in Ecuador, based on the 2024 and 2025 reports, reveals an uncomfortable yet necessary truth: there is no dominant approach driven by strategic conviction, but rather by organizational inertia. And that completely changes the conversation.

According to the study, predictive practices remain the most widely used in Ecuadorian organizations, ranking second only to performance measurement. In contrast, Agile practices—while present in discourse—occupy mid-to-low positions in actual usage, while more advanced frameworks such as SAFe, DevOps, and even Kanban show only marginal adoption.

This challenges one of the most widespread myths in the region: “Agile works for everything.” The evidence suggests otherwise. In Ecuador, Agile has not failed; it has simply not been implemented in contexts where it can truly generate value.

The reason is clear: most organizations still operate under functional structures, with low project manager authority (only 29.3% report high authority) and largely partial resource allocation (65.5%). In this context, attempting to implement pure Agile frameworks is not only unfeasible but also counterproductive.

This is where the hybrid approach emerges—not as a trend, but as a necessity. However, even the hybrid in Ecuador faces a critical issue: it is not designed; it is improvised.

Many organizations combine Agile and predictive practices without a clear architecture: sprints with rigid approvals, Agile ceremonies with heavy reporting, iterations within inflexible schedules. The result is not agility—it is operational complexity.

The real challenge is not choosing between Agile, hybrid, or predictive. It is understanding when to use each one.

From a practical perspective, three clear scenarios can be identified in the Ecuadorian context:
High-certainty projects—such as infrastructure, regulatory compliance, or traditional implementations—continue to benefit from predictive approaches, where detailed planning reduces risk in environments with low tolerance for change.

Innovation or technology projects, characterized by high uncertainty, require Agile approaches—but only if the organization has the cultural maturity to sustain them.

Finally, the majority of projects in Ecuador, which combine uncertainty with organizational constraints, require a well-designed hybrid approach—one that explicitly defines what is managed predictively and what is adapted in an Agile manner.

Although more than 70% of projects achieve their objectives, only a minority do so consistently in terms of time and budget, revealing a gap between execution and control.

So, what actually works in Ecuador—and perhaps in many Latin American countries?
What works is what adapts to the context.

  • Predictive works when there is certainty and structure.
  • Agile works when there is culture and autonomy.
  • But above all, hybrid works when it is strategically designed and led through influence.
The future of project management will not be defined by the methodology we choose, but by how we choose to lead it.
Posted on: April 27, 2026 02:23 PM | Permalink | Comments (0)

El Project Manager sin autoridad: cómo liderar cuando el poder no acompaña - The Project Manager without authority: how to lead when power is lacking.

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En teoría, dirigir un proyecto implica tomar decisiones, asignar recursos y alinear equipos. En la práctica, especialmente en Ecuador, la realidad es muy distinta: muchos Project Managers deben entregar resultados sin tener control real sobre los recursos, las personas ni siquiera sobre las prioridades del proyecto.

Y esta no es una percepción aislada.. es un patrón estructural.

El Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2 evidencia que solo el 42,1% de los directores de proyectos declara tener un alto nivel de autoridad sobre los recursos, mientras que el 36,5% opera con autoridad media y el 11,1% con autoridad baja. Es decir, más de la mitad de los Project Managers gestionan en contextos en los que el poder formal es limitado.

Esto redefine completamente el rol. Ya no se trata de gestionar proyectos. Se trata de gestionar sin poder.
Si contrastamos este dato con otro hallazgo del mismo informe, la tensión se vuelve evidente: el 99% de los profesionales considera que las habilidades de liderazgo son fundamentales en la dirección de proyectos.

Es decir, el sistema reconoce la necesidad de liderazgo… pero no otorga la autoridad para ejercerlo.
Aquí nace una de las mayores paradojas de la gestión de proyectos en Ecuador: se espera influencia sin estructura, resultados sin control y ejecución sin poder.

Y este fenómeno no es casual. Es parte de una etapa evolutiva. El análisis comparativo entre 2024 y 2025 evidencia con claridad que el país está entrando en una segunda ola de madurez en la gestión de proyectos.
Sin embargo, esta evolución convive con problemas estructurales: el 73% no cuenta con certificaciones internacionales, el 50% de las empresas no tiene PMO y el 47,6% de los proyectos fracasa principalmente por recursos limitados.

En este contexto, el Project Manager se convierte en un actor clave… pero carece de poder suficiente. Hay una conclusión clara: el Project Manager efectivo no es quien tiene autoridad, sino quien sabe construirla.
Y esa autoridad no es jerárquica. Es relacional.

Se construye en cuatro dimensiones fundamentales:
La primera es la influencia. No se trata de imponer decisiones, sino de alinear intereses. Un Project Manager efectivo entiende qué motiva a cada stakeholder y construye acuerdos basados en el valor.
La segunda es la negociación. En un entorno donde los recursos son limitados y el 47,6% de los proyectos lo confirma, cada asignación es, en esencia, una negociación activa.
La tercera es la gestión de conflictos. Los conflictos no son fallas del sistema, son parte natural de él. Cambios de prioridades, objetivos difusos y presión organizacional generan fricción constante. El liderazgo consiste en convertir esa fricción en decisiones.
La cuarta es la comunicación ejecutiva. No basta con reportar avances; hay que traducir la información técnica en decisiones de negocio.

Uno de los errores más comunes es creer que el problema radica en la falta de poder formal. Pero el análisis muestra algo más profundo.

El verdadero problema es la falta de madurez organizacional en la gestión de proyectos.

Cuando el 50% de las empresas no tiene PMO, cuando la mayoría de los proyectos opera con recursos limitados y cuando la certificación internacional sigue siendo baja, el Project Manager no está fallando… está compensando un sistema incompleto.

Y en sistemas inmaduros, el liderazgo sustituye a la estructura.

Ecuador no tiene problemas con las metodologías. Tiene un desafío de liderazgo en contextos de baja autoridad formal.

La segunda ola de la gestión de proyectos está en marcha. Las PMO crecen, la tecnología avanza y el talento joven entra al mercado laboral. Pero el verdadero cambio no vendrá de las herramientas. Vendrá de la capacidad de los Project Managers para liderar sin poder.

Porque en entornos donde la estructura aún se está construyendo, la diferencia no la marca la autoridad… sino la influencia.

Fuente: basado en el Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2 y en su contraste con el Volumen 1. Puedes revisar ambos informes aquí: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

Sobre la Autor
PhD(c) José Luis González Rugel. | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI - RMP®, PMI - ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM® | Asesor, docente, investigador en dirección de proyectos.
Contacto profesional: [email protected]
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English Version

In theory, managing a project involves making decisions, allocating resources, and aligning teams. In practice—especially in Ecuador—the reality is very different: many Project Managers are expected to deliver results without having real control over resources, people, or even project priorities.

And this is not an isolated perception. It is a structural pattern.

The Analysis of Project Management in Ecuador – Volume 2 shows that only 42.1% of project managers report having a high level of authority over resources, while 36.5% operate with moderate authority and 11.1% with low authority. In other words, more than half of Project Managers operate in environments where formal power is limited.

This completely redefines the role. It is no longer about managing projects—it is about managing without power. When we contrast this with another key finding from the same report, the tension becomes clear: 99% of professionals consider leadership skills essential to project management.

In other words, the system recognizes the need for leadership… but does not provide the authority to exercise it.
This is where one of the greatest paradoxes of project management in Ecuador emerges: organizations expect influence without structure, results without control, and execution without power.

And this phenomenon is not accidental. It is part of an evolutionary stage.

The comparative analysis between 2024 and 2025 clearly shows that Ecuador is entering a second wave of maturity in project management. However, this evolution coexists with structural challenges: 73% of professionals lack international certifications, 50% of companies lack a PMO, and 47.6% of projects fail primarily due to limited resources.

In this context, the Project Manager becomes a key actor… but lacks sufficient formal power.
There is a clear conclusion: the effective Project Manager is not the one who has authority, but the one who knows how to build it. And that authority is not hierarchical—it is relational.

It is built across four fundamental dimensions:
The first is influence. It is not about imposing decisions, but about aligning interests. An effective Project Manager understands what motivates each stakeholder and builds agreements based on value.
The second is negotiation. In an environment where resources are limited—and 47.6% of projects confirm this—every allocation becomes an active negotiation.
The third is conflict management. Conflicts are not system failures; they are a natural part of it. Changing priorities, unclear objectives, and organizational pressure create constant friction. Leadership consists of turning that friction into decisions.
The fourth is executive communication. It is not enough to report progress; technical information must be translated into business decisions.

One of the most common mistakes is assuming the problem lies in a lack of formal authority. However, the analysis reveals something deeper.

The real issue is the lack of organizational maturity in project management. When 50% of companies lack a PMO, when most projects operate with limited resources, and when international certification levels remain low, the Project Manager is not failing… they are compensating for an incomplete system.

And in immature systems, leadership replaces structure. Ecuador does not have a methodology problem. It faces leadership challenges in environments with low formal authority.

The second wave of project management is already underway. PMOs are growing, technology is advancing, and young talent is entering the workforce. But the real transformation will not come from tools.
It will come from the Project Managers' ability to lead without power.

Because in environments where structure is still being built, the difference is not made by authority… but by influence.

Source: Based on the Analysis of Project Management in Ecuador – Volume 2, and its comparison with Volume 1. You can review both reports here: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

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PhD(c) José Luis González Rugel | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI-RMP®, PMI-ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM®. Advisor, professor, and researcher in project management
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Posted on: April 18, 2026 09:44 PM | Permalink | Comments (0)

El liderazgo no es una habilidad más. Es la ventaja competitiva del PM (y el 99% ya lo sabe) - Leadership is not just another skill. It's the PM's competitive advantage (and 99% already know it).

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En los últimos años, he tenido la oportunidad de trabajar con directores de proyecto en distintos sectores del Ecuador: desde empresas familiares en crecimiento hasta organizaciones que están comenzando a estructurar sus primeras PMO. Y si hay algo que se repite de manera consistente, no es la falta de metodologías, ni de herramientas, ni siquiera de conocimiento técnico. Es algo mucho más profundo: la necesidad de un liderazgo real en la gestión de proyectos.
Los datos lo confirman. En el análisis nacional de la gestión de proyectos, las habilidades de liderazgo se reconocen como una de las cualidades más críticas del director de proyectos, con un nivel de aceptación que supera el 80% de acuerdo fuerte entre los profesionales . Pero más allá del dato, lo relevante es lo que representa: una toma de conciencia colectiva de que dirigir proyectos en Ecuador ya no es solo coordinar tareas, sino también influir en sistemas organizacionales complejos.
Estamos, sin duda, entrando en una segunda ola de gestión de proyectos en el país.
Una ola marcada por tres elementos clave: una mayor demanda empresarial de resultados tangibles, el crecimiento progresivo de las PMO como estructuras formales de gobernanza y una presión creciente por integrar nuevas capacidades, como la inteligencia artificial. A esto se suma un fenómeno que está cambiando el mercado: la entrada de talento joven, con nuevas expectativas, nuevas formas de trabajar y una menor tolerancia a estructuras rígidas.
Sin embargo, este crecimiento se basa en una base que aún presenta brechas significativas. El 65,5% de las empresas en Ecuador todavía no cuenta con una PMO formal; el 44,8% no tiene personal con formación especializada en dirección de proyectos, y los proyectos siguen enfrentando problemas estructurales como cambios de prioridades, limitación de recursos y deficiencias en la recopilación de requisitos.
En ese contexto, el liderazgo deja de ser deseable y se convierte en indispensable.
En entornos maduros, los procesos corrigen las desviaciones. En entornos de desarrollo, son las personas, en particular los líderes, quienes compensan las debilidades del sistema.
Un director de proyectos no solo gestiona el alcance, el tiempo y el costo. Gestiona la incertidumbre organizacional, los conflictos de poder, la ambigüedad en la toma de decisiones y, en muchos casos, la falta de autoridad formal. De hecho, el estudio muestra que el 37,9% de los PM tiene apenas un nivel medio de autoridad sobre los recursos.
Esto redefine completamente el rol.
El éxito ya no depende de cuánto controlas, sino de cuánto influyes.
A partir de la experiencia de campo y del análisis de datos, el liderazgo efectivo en Ecuador no es un concepto teórico. Es un modelo práctico que se construye sobre cuatro capacidades críticas:
1. Influencia sin autoridad
El PM rara vez tiene control total sobre el equipo ni sobre los recursos. Su capacidad real radica en alinear intereses, generar compromiso y movilizar actores sin depender de la jerarquía formal.
2. Resolución estratégica de conflictos
Los conflictos no son excepciones, son parte del sistema. Cambios de prioridades, objetivos difusos y recursos limitados generan fricción constante. El líder efectivo no evita el conflicto, lo gestiona y lo convierte en decisiones.
3. Comunicación ejecutiva
No se trata de reportar avances, sino de traducir la información técnica en decisiones de negocio. Aquí es donde muchos proyectos fallan: comunican datos, pero no generan acción.
4. Toma de decisiones bajo incertidumbre
El entorno actual, con presión por resultados rápidos y una adopción tecnológica emergente, exige decisiones incompletas, pero oportunas. El liderazgo moderno no espera tener toda la información; actúa con criterio.
El liderazgo no se construye solo con experiencia. Se entrena. Y en el contexto actual, hay prácticas concretas que pueden marcar una diferencia inmediata:
  • Sustituir las reuniones de seguimiento por las de decisión: cada interacción debe cerrar con una acción clara.
  • Mapear stakeholders según su nivel de influencia real, no según el organigrama.
  • Incorporar “micronegociaciones” diarias: cada asignación de recurso es una negociación.
  • Traducir cada riesgo en una decisión pendiente: si no hay decisión, no hay gestión de riesgos.
  • Implementar la comunicación en tres niveles: operativo (equipo), táctico (interesados) y estratégico (alta dirección).
Estas prácticas no requieren inversión, requieren criterio.
Hoy, un director de proyectos que combine liderazgo, visión estratégica y capacidad de adaptación puede convertirse en un activo crítico para cualquier organización.
No es casualidad que el interés por la inteligencia artificial esté creciendo en el país, con tecnologías como machine learning, deep learning y procesamiento de lenguaje natural consideradas relevantes por más del 40% de los profesionales .
Pero aquí hay una verdad incómoda: la tecnología no reemplaza al liderazgo. Lo exige más.
En Ecuador y, seguramente, en otros países, el problema no es que falten herramientas. Es que aún estamos aprendiendo a liderar en entornos donde las reglas no están completamente definidas.
Por eso, el liderazgo no es una habilidad complementaria. Es la capacidad que permite que todo lo demás funcione.

Fuente: basado en el Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2 y en su contraste con el Volumen 1. Puedes revisar ambos informes aquí: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

Sobre la Autor
PhD(c) José Luis González Rugel. | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI - RMP®, PMI - ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM® | Asesor, docente, investigador en dirección de proyectos.
Contacto profesional: [email protected]
Red Social: https://www.linkedin.com/in/josegonzalezproyectos/

English Version.

In recent years, I have had the opportunity to work with project managers across different sectors in Ecuador—from growing family businesses to organizations that are just beginning to structure their first PMOs. And if there is one recurring pattern, it is not the lack of methodologies, tools, or even technical knowledge. It is something much deeper: the need for real leadership in project management.
The data confirms it. In the national analysis of project management, leadership skills are recognized as one of the most critical qualities of a project manager, with over 80% of professionals strongly agreeing. But beyond the statistic, what truly matters is what it represents: a collective awareness that managing projects in Ecuador is no longer just about coordinating tasks, but about influencing complex organizational systems.
We are, without a doubt, entering a second wave of project management in the country.
This wave is defined by three key elements: a growing business demand for tangible results, the progressive rise of PMOs as formal governance structures, and increasing pressure to integrate new capabilities such as artificial intelligence. Added to this is a transforming force in the market: the entry of young talent with new expectations, new ways of working, and less tolerance for rigid structures.
However, this growth is built on a foundation that still presents significant gaps. 65.5% of companies in Ecuador still lack a formal PMO; 44.8% lack personnel with specialized project management training; and projects continue to face structural challenges such as shifting priorities, limited resources, and deficiencies in requirements gathering.
In this context, leadership is no longer optional—it becomes essential.
In mature environments, processes correct deviations. In developing environments, it is people—particularly leaders—who compensate for system weaknesses.
A project manager does not only manage scope, time, and cost. They manage organizational uncertainty, power conflicts, decision-making ambiguity, and, in many cases, a lack of formal authority. In fact, the study shows that 37.9% of PMs operate with only a moderate level of authority over resources.
This completely redefines the role.
Success is no longer determined by how much you control, but by how much you influence.
Based on field experience and data analysis, effective leadership in Ecuador is not a theoretical concept—it is a practical model built on four critical capabilities:
  1. Influence without authority
  2. Project managers rarely have full control over teams or resources. Their real capability lies in aligning interests, building commitment, and mobilizing stakeholders without relying on formal hierarchy.
  3. Strategic conflict resolution
  4. Conflicts are not exceptions—they are part of the system. Shifting priorities, unclear objectives, and limited resources generate constant friction. Effective leaders do not avoid conflict; they manage it and turn it into decisions.
  5. Executive communication
  6. It is not about reporting progress, but about translating technical information into business decisions. This is where many projects fail: they communicate data, but do not drive action.
  7. Decision-making under uncertainty
  8. Today’s environment—marked by pressure for rapid results and the adoption of emerging technologies—demands incomplete yet timely decisions. Modern leadership does not wait for perfect information; it acts with judgment.
Leadership is not built through experience alone—it is trained. And in the current context, there are practical actions that can make an immediate difference:
  • Replace status meetings with decision meetings: every interaction must end with a clear action.
  • Map stakeholders based on real influence, not organizational charts.
  • Incorporate daily “micro-negotiations”: every resource allocation is a negotiation.
  • Translate every risk into a pending decision: without decisions, there is no risk management.
  • Structure communication at three levels: operational (team), tactical (stakeholders), and strategic (executives).
These practices do not require investment—they require judgment.
Today, a project manager who combines leadership, strategic vision, and adaptability can become a critical asset for any organization.
It is no coincidence that interest in artificial intelligence is growing in the country, with technologies such as machine learning, deep learning, and natural language processing considered relevant by more than 40% of professionals.
But here is an uncomfortable truth: technology does not replace leadership—it demands more of it.
In Ecuador—and likely in many similar markets—the problem is not the lack of tools. It is that we are still learning how to lead in environments where the rules are not fully defined.
That is why leadership is not a complementary skill. It is the capability that makes everything else work.

Source: Based on the Analysis of Project Management in Ecuador – Volume 2, and its comparison with Volume 1. You can review both reports here: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones

About the Author
PhD(c) José Luis González Rugel | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI-RMP®, PMI-ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM®. Advisor, professor, and researcher in project management
Professional contact: [email protected]
LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/josegonzalezproyectos/
Posted on: April 12, 2026 01:45 PM | Permalink | Comments (0)

Cuando medir no basta: la práctica #1 en Ecuador y la lección que deja para la dirección de proyectos global - When Measuring Isn’t Enough: Ecuador’s #1 Practice and the Lesson It Offers to the Global Project Management Community

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En dirección de proyectos, solemos mirar primero lo visible: inteligencia artificial, agilidad, modelos híbridos, transformación digital o PMO estratégicos. Son temas necesarios, actuales y atractivos. Pero algunas de las prácticas que más influyen en la madurez real de una organización operan con menos protagonismo. La medición del desempeño es una de ellas.

Ese es uno de los hallazgos más reveladores del nuevo Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2. Entre todas las prácticas evaluadas, la medición del desempeño aparece como la más utilizada en las organizaciones ecuatorianas, repitiendo el liderazgo que ya había mostrado en el Volumen 1. Más que un dato técnico, esto sugiere algo importante: incluso en un ecosistema todavía en consolidación, las organizaciones están comprendiendo que gestionar proyectos no consiste solo en ejecutar actividades, sino también en observar resultados, comparar desviaciones y tomar decisiones con base en evidencia.

Sin embargo, el valor real de este hallazgo no está en que la medición exista, sino en cómo se utiliza. Y ahí aparece una lección que va más allá de Ecuador. En 2025, solo el 25,4% de los encuestados afirmó que su organización usa siempre mediciones del desempeño; el 50% indicó que las usa a veces y el 24,6% señaló que nunca las utiliza. Es decir, la práctica más usada del país sigue siendo, al mismo tiempo, intermitente para la mitad del mercado. Eso obliga a una lectura más madura: adoptar una práctica no equivale a dominarla. Una organización puede medir y aun así no gestionar mejor.

Esa diferencia entre medir y realmente dirigir con métricas se vuelve más evidente al observar los resultados de los proyectos. El estudio reporta que el 71% de los proyectos cumple sus objetivos siempre o casi siempre, pero solo el 39% se completa en el plazo inicialmente estimado y apenas el 54% culmina dentro del presupuesto. Además, un 66% experimenta corrupción en el alcance con algún nivel de frecuencia. En otras palabras, los proyectos avanzan y muchas veces entregan, pero no necesariamente con la consistencia, la previsibilidad y el control que la madurez exige. Esto sugiere que la medición existe, pero todavía no siempre funciona como una capacidad correctiva y estratégica.

Y aquí el caso ecuatoriano se vuelve útil para la comunidad global. En muchos países ocurre algo similar: existen dashboards, KPI, reportes ejecutivos, semáforos y comités de seguimiento, pero eso no significa que las organizaciones estén usando esos datos para aprender mejor o para decidir antes. Con frecuencia, la medición se convierte en un mecanismo de visibilidad, no en una disciplina de gobernanza. Se reporta el avance, pero no siempre se comprende la salud real del proyecto. Se monitorea la actividad, pero no necesariamente el valor.

Ecuador ofrece un ejemplo especialmente interesante porque atraviesa una segunda ola de profesionalización en la gestión de proyectos. La muestra del estudio pasó de 58 participantes en 2024 a 126 en 2025. La presencia de estructuras formales de gestión de proyectos subió del 34,5% a 50%. También crecen los roles de coordinación y apoyo, y aumenta el interés por tecnologías emergentes como el machine learning. Todo esto describe un ecosistema que está dejando atrás la informalidad para avanzar hacia una institucionalidad más clara. Y, como suele ocurrir en estas transiciones, la necesidad de medir aparece antes de que exista plena madurez para interpretar y gobernar lo medido.

Por eso, la conversación sobre la medición del desempeño no puede separarse del crecimiento de las PMO. Cuando una organización formaliza su dirección de proyectos, necesita indicadores para priorizar, monitorear, escalar y corregir. Una PMO de soporte usará la medición para generar consistencia y visibilidad. Una PMO de control la empleará para reforzar la gobernanza y el cumplimiento. Una PMO más estratégica la convertirá en un lenguaje para conectar proyectos y portafolios con beneficios y valor de negocio. En ese sentido, cuando en un país crecen al mismo tiempo las PMO y la importancia de medir, lo que vemos no es una coincidencia, sino una señal de madurez emergente.

Pero ese avance conlleva un riesgo que la profesión debe afrontar con honestidad: la manipulación política de los indicadores. Este no es un problema local; es global. Los KPI pueden convertirse fácilmente en instrumentos de autoprotección. Se maquillan semáforos, se redefinen entregables para “cumplir”, se fragmentan hitos para simular progreso y se privilegian métricas fáciles de mostrar por encima de las métricas útiles para dirigir.

El resultado es conocido: proyectos que se ven sanos en las reuniones, pero que se están deteriorando en tiempo, costo, alcance o en el valor entregado. Cuando eso ocurre, la medición deja de ser una práctica de liderazgo y se convierte en una práctica de narrativa.

Por eso, medir bien exige mucho más que herramientas. Exige madurez cultural. Exige aceptar que un indicador útil no es el que deja cómodo al equipo, sino el que ayuda a tomar decisiones difíciles a tiempo. También exige comprender que los KPI no deben limitarse al cronograma y al presupuesto.

Una medición robusta debería incluir la estabilidad del alcance, la exposición al riesgo, el uso eficaz de los recursos, la velocidad de toma de decisiones, la satisfacción de los stakeholders y el avance real en los beneficios esperados. Y en organizaciones con PMO o visión de portafolio, debería incorporar una pregunta todavía más poderosa: ¿qué proyectos generan valor y cuáles están consumiendo capacidad sin un retorno suficiente?

Ese es, quizás, el mensaje más valioso que Ecuador puede aportar hoy a la conversación internacional. Los mercados emergentes no solo replican tendencias globales; también muestran con claridad cómo madura la profesión bajo restricciones reales: recursos limitados, estructuras parciales, brechas de certificación y presión creciente por resultados. Son entornos donde la diferencia entre medir para controlar y medir para crear valor se vuelve mucho más visible. Y esa distinción es relevante para cualquier organización, sin importar el país.

La otra gran lección es que la madurez no avanza de manera lineal. Ecuador muestra progreso en la institucionalización, en el crecimiento de la PMO y en un mayor interés por tecnologías emergentes, pero también mantiene vacíos estructurales importantes: la baja certificación internacional, las limitaciones de recursos y una brecha evidente entre el reconocimiento del valor de ciertas prácticas y su aplicación real. Esa mezcla de avance y fragilidad no es una anomalía; es una fotografía bastante realista de cómo evolucionan muchos ecosistemas de proyectos en el mundo.

Por eso, la pregunta que plantea este hallazgo no es si medir importa. Esa discusión ya está superada. La pregunta de fondo es otra: ¿estamos midiendo para aprender y dirigir, o solo para reportar y defendernos? Allí se juega buena parte de la credibilidad de la dirección de proyectos como disciplina estratégica.

La medición del desempeño tiene un poder oculto porque parece una práctica técnica, cuando en realidad es una práctica de liderazgo. Define qué la organización ve, qué ignora, qué prioriza y qué corrige. Bien utilizada, crea una cultura organizacional de verdad. Mal utilizada, solo produce una ilusión de control.

Ecuador ya dio una señal importante: medir está entrando en el centro de la conversación profesional. El siguiente paso para Ecuador y muchos otros mercados no es medir más. Es medir mejor. Convertir los indicadores en decisiones. Convertir los reportes en aprendizaje. Convertir la visibilidad en gobernanza. Y convertir la medición en una verdadera palanca de valor.

Porque al final, el poder oculto de la medición del desempeño no está en los números. Está en lo que una organización se atreve a enfrentar gracias a ellos.



English Version

In project management, we often focus on what is most visible: artificial intelligence, agility, hybrid delivery, digital transformation, or strategic PMOs. These are relevant, timely, and compelling topics. But some of the practices that most strongly influence an organization’s real maturity operate more quietly. Performance measurement is one of them.

That is one of the most revealing findings from the latest Analysis of Project Management in Ecuador – Volume 2. Among all the practices evaluated, performance measurement ranks as the most widely used in Ecuadorian organizations, repeating the same position it held in Volume 1. More than a technical finding, this suggests something important: even in an ecosystem still consolidating, organizations are beginning to understand that managing projects is not only about executing activities but also about observing results, comparing deviations, and making decisions based on evidence.

However, the real value of this finding is not that measurement exists, but how it is being used. And that is where a lesson emerges that goes well beyond Ecuador. In 2025, only 25.4% of respondents said their organizations always use performance measurement practices; 50% said they use them sometimes, and 24.6% said they never use them. In other words, the country’s most widely used practice is still, at the same time, an inconsistent practice for half the market. That forces a more mature reading: adopting a practice is not the same as mastering it. An organization can measure and still fail to manage better.

That gap between measuring and truly managing through metrics becomes even clearer when project results are examined. The study reports that 71% of projects achieve their objectives always or almost always, but only 39% finish within the originally estimated schedule, and only 54% are completed within budget. In addition, 66% experience scope corruption at some frequency. In other words, projects move forward and often deliver, but not necessarily with the consistency, predictability, and control that maturity requires. This suggests that measurement exists, but it is not yet consistently functioning as a corrective and strategic capability.

This is where the Ecuadorian case becomes useful to the global community. In many countries, a similar pattern can be seen: dashboards, KPIs, executive reports, status lights, and steering meetings, but that does not mean organizations are using those data points to learn better or to make earlier decisions. Too often, measurement becomes a mechanism for visibility rather than a discipline of governance. Progress is reported, but the project’s real health is not always understood. Activity is monitored, but value is not necessarily assessed.

Ecuador offers a particularly interesting example because it is experiencing a second wave of professionalization in project management. The study sample increased from 58 participants in 2024 to 126 in 2025. The proportion of projects with formal project management structures rose from 34.5% to 50%. Coordination and support roles are also increasing, as is interest in emerging technologies such as machine learning. Together, these signals describe an ecosystem that is moving away from informality toward clearer institutionalization. And, as often happens in such transitions, the need to measure appears before there is full maturity in interpreting and governing what is being measured.

That is why the conversation about performance measurement cannot be separated from the growth of PMOs. When an organization formalizes project management, it needs indicators to prioritize, monitor, escalate, and correct. A support PMO will use measurement to create consistency and visibility. A control PMO will use it to reinforce governance and compliance. A more strategic PMO will turn it into a language that connects projects and portfolios with benefits and business value. In that sense, when PMOs and the importance of measurement grow at the same time in a country, what we are seeing is not a coincidence, but a sign of emerging maturity.

But that progress also brings a risk the profession must confront honestly: the political manipulation of indicators. This is not a local problem; it is a global one. KPIs can easily become tools of self-protection. Status lights are polished, deliverables are redefined to “meet expectations,” milestones are fragmented to simulate progress, and metrics that are easy to present are prioritized over metrics that are actually useful for steering decisions. The result is familiar: projects that look healthy in meetings while steadily deteriorating in schedule, cost, scope, or delivered value. When that happens, measurement stops being a leadership practice and becomes a storytelling exercise.

That is why measuring well requires much more than tools. It requires cultural maturity. It requires accepting that a useful indicator is not the one that makes the team comfortable, but the one that helps the organization make difficult decisions in a timely manner. It also requires understanding that KPIs should not be limited to schedule and budget. A robust measurement system should also include scope stability, risk exposure, effective resource utilization, decision speed, stakeholder satisfaction, and real progress toward expected benefits. And in organizations with PMOs or portfolio thinking, it should include an even more powerful question: which projects are generating value, and which are consuming capacity without sufficient return.

That may be the most valuable message Ecuador can contribute to the international conversation today. Emerging markets do not simply replicate global trends; they also show with unusual clarity how the profession matures under real constraints: limited resources, partial structures, certification gaps, and growing pressure for results. These are the environments where the difference between measuring for control and measuring to create value becomes especially visible. And that distinction matters for any organization, regardless of country.

The other major lesson is that maturity does not advance in a straight line. Ecuador shows progress in institutionalization, PMO growth, and rising interest in emerging technologies, but it also continues to face significant structural gaps: low international certification rates, resource constraints, and a clear gap between recognizing the value of certain practices and applying them effectively. That mix of progress and fragility is not an anomaly; it is a fairly realistic picture of how many project ecosystems evolve worldwide.

That is why the question this finding leaves us with is not whether measurement matters. That discussion is already behind us. The deeper question is this: are we measuring to learn and lead, or only to report and defend ourselves? A great deal of the credibility of project management as a strategic discipline depends on the answer.

Performance measurement has hidden power because it appears to be a technical practice when, in fact, it is a leadership practice. It defines what the organization sees, what it ignores, what it prioritizes, and what it corrects. Used well, it creates a culture of organizational truth. Used poorly, it produces only an illusion of control.

Ecuador has already sent an important signal: measurement is moving to the center of the professional conversation. The next step for Ecuador and many other markets is not to measure more. It is to measure better. To turn indicators into decisions. To turn reports into learning. To turn visibility into governance. And to turn measurement into a true lever of value.

Because in the end, the hidden power of performance measurement is not in the numbers themselves. It is in what an organization is willing to confront because of them.

Fuente: basado en el Análisis de la Gestión de Proyectos en Ecuador – Volumen 2 y en su contraste con el Volumen 1. Puedes revisar ambos informes aquí: https://www.grupogonzalez.ec/Publicaciones





Sobre la Autor

PhD(c) José Luis González Rugel. | MAE, MBI, MIE, PMP®, PMI - RMP®, PMI - ACP®, PMI-PMOCP®, GPM-b®, SMC®, SPOC®, TPM® | Asesor, docente, investigador en dirección de proyectos.

Contacto profesional: [email protected]

Red Social: https://www.linkedin.com/in/josegonzalezproyectos/

Posted on: April 04, 2026 11:00 AM | Permalink | Comments (0)
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